Discapacidad y Diversidad

Estas paseando por un parque, te conduces lentamente para poder apreciar la belleza de las flores llenas de vida, para percibir la energía majestuosa de los orgullosos arboles, para respirar a fondo y sentir cada aroma de la naturaleza que te rodea, cuando de pronto sin advertencia alguna viene alguien que te empuja sin decirte nada, te asustas, luego te enojas al darte cuenta del abuso y la falta de respeto de la cual has sido objeto, inmediatamente reclamas, pero el abusador, o abusadora, te ve con desprecio, como si les debieras dar una disculpa por no dejarte abusar.

Vas con tu amigo a un restaurante de comida rápida, de esos que han estudiado detenidamente tus más íntimos deseos y frustraciones, con tal de que te sientas feliz de dejarles hasta tu último peso. Luego de 10 minutos haciendo cola, pues lo rápido es la comida y no el servicio, por fin llegas frente al cajero, quien ignorándote por completo se dirige a tu amigo, con su memorizado e invariable dialogo, para preguntarle que desea ordenar? ¿Habré descubierto el arte de la invisibilidad? Te preguntas, pero pacientemente esperas pensado que luego vendrá tu turno, mas enseguida escuchas que el cajero pregunta con total descaro dirigiéndose nuevamente a tu amigo, ¿y él que va querer? (refiriendose a tí) Y tú piensas Ha, ¡entonces no es que no me viste, es solo que eres demasiado tarado para hablarle a dos personas al mismo tiempo!?

Hay frio, tus mejillas se congelan mientras esperas a tu amiga que quedó de pasar a traerte para ir a tu trabajo. Para entretenerte piensas en las cosas pendientes, las llamadas, las notas, y todo tipo de cosas, con tus manos juntas haces un pequeño espacio el cual intentas calentar con tu aliento, y repentinamente un transeúnte, un desconocido pone un billete en tu regazo, y se marcha sin voltear a ver, sintiéndose, sin duda muy bueno y generoso. Mientras lo ves alejarse piensas que realmente la estupidez humana no conoce límites, al punto que se le da más valor a una moneda que al cálido contacto de una sonrisa, o de un simple saludo.

Si te has topado alguna vez con el médico para quien solo eres un historial clínico y un legajo de exámenes de laboratorio, o la secretaria para quien solo eres una cita en la agenda de su jefe, o el entrenador para quien solo eres una oportunidad de ganar una competencia, comprenderás de qué estoy hablando.

Hay individuos tan miopes que solo alcanzan a ver una silla de ruedas y no a la persona que va en ella, hay seres tan ciegos que solo ven un bastón y no al ser humano que lo sostiene, hay personas con tal grado de discapacidad mental que no logran entender que una cosa es la diversidad que distingue a los seres humanos haciéndolos únicos, y otra, la dignidad que los hace iguales.

La discapacidad que se ve a simple vista, como una silla de ruedas o un bastón, o un aparato de sordera, no es diferente de la discapacidad que no se ve, como la del matemático incapaz de apreciar la belleza del arte, o del artista neurótico incapaz de permanecer en un lugar cerrado. Todo ser humano posee capacidades y discapacidades, es lo que nos hace únicos, diferentes, especiales, magníficos. Esto implica que cada persona tiene también sus propias necesidades, y así como aporta su individualidad y originalidad creando una sociedad más heterogénea, rica y diversa, requiere también el reconocimiento y respeto a su dignidad.