Novela Chifladura por entregas pág3

de manera que cuando ambos nos quisimos dar cuenta; ella tenía cogida la espátula por el mango y el futuro escritor morisco que ahora contando miente, yo, Díaz Brea, tapaba esa mano con mi mano. Nada del otro mundo, si no fuera porque justo al cubrirle sin querer su mano con mi mano, Trini reaccionó de forma ¿un tanto singular?: retiró a prisa la mano; se ruborizó un poco... quise notarla inquieta y repentizando lo que me pareció un menudo saltito, se apartó de mi vera para ponerse a buscar otro utensilio con el cual ocuparse. ¿Por qué, Trini, reaccionó de aquella forma... ¿inusitada? Quién sabe... <<¡Ya está!... Si Trini ha dado ese comedido saltito de cangura para apartarse de mí, por otra cosa no habrá sido sino por miedo a una creciente inquietud que, seguramente, ha principiado a tomar cuerpo en ella al sentir sobre su mano mi mano: Bien parece que Dios me ha señalado...; me ha otorgado y concedido el don de fascinar y helar de espanto con mi atractivo al sexo débil...>>, terminé por presuntuosamente interpretar.

En seguida, sirviéndome de la espátula que imantó nuestras manos, me concentré en desconchar bien una sucia y de por sí desconchada pared contigua al escusado, próxima al cobertizo. Y claro: como para desconchar una pared mayormente se necesita con voluntad perseverante darle juego a la espátula... cuando por alientos me entregaba a tan entretenido quehacer; el simple hecho de juguetear la espátula en mi mano derecha, súbitamente, me traía a la memoria el grácil saltito de cangura de Trini seguido de mi presuntuosa interpretación de dicho delicado saltito y entonces,... inmediatamente tras un je, con mi mano izquierda me daba una dos... ¡tres! palmaditas en la espalda; felicitándome de esta particular manera por mi presuntuosa interpretación. Recuerdo, que hasta me olvidé de comerme el bocadillo que para la ocasión llevaba preparado y,... la tarde, más que correr lo suyo; se pasó volando