Escribir Sobre Fotografía es Grabar un Sueño

- I -

Estaba harto de dar clase aquel día. Sólo quería llegar a casa y olvidarse de aquellos estudiantes prepotentes y altivos que creían que eran la reencarnación del mismísimo Ansel Adams. Exactamente catorce niñatos que ni siquiera habían sido capaces de superar un examen básico como para permitirse ir a una universidad decente de fotografía. Los despreciaba y ellos lo admiraban a él. De hecho había sido muy práctico. Su trabajo solo le ocupada seis horas al día, le dejaba las tardes libres y unas largas vacaciones pagadas. Le permitía dedicarse a lo que quería y a cambio hablaba de lo que le gustaba en el aula 321, a unos chicos recién salidos de un anuncio de colonia, disfrazados de hippies que no distinguían realidad de ficción y creían o simulaban vivir en un mayo del 68 permanente. Era obvio que de allí no iba a salir el siguiente Robert Capa, más bien algún paparazzi de tres al cuarto con ínfulas de gran hombre. Pero no le importaba en absoluto, si hubiera querido instruir a jóvenes promesas estaría cobrando un sueldo irrisorio, más propio de un becario que de un doctor en fotografía. Para él la fotografía no era una profesión, ni siquiera una distracción, era una necesidad.

Desde muy pequeño veía como se le escapaba el mundo. Vivía en un pueblecito del Pirineo y a veces salía a caminar solo. Se sentaba en algún lugar elevado o escondido y trataba de grabar la imagen en su memoria. Apretaba los párpados fuertemente, como si eso fuese a ayudarle a recordar mejor, y luego los abría para ver si la imagen guardada resultaba suficientemente real y fidedigna. Con su primer sueldo como camarero, o para ser más exactos, con sus primeros sueldos, alcanzó a comprar una cámara de fotos. Era casi prehistórica, una reliquia. Pero muy barata y con la certeza de que ni un cleptómano con síndrome de abstinencia sería capaz de robársela. Alguna vez se preguntó si la fotografía era para él como para su abuela la religión. A los dos les servía para luchar contra el mal que achacaba al abuelo y lo mantenía vivo con algún propósito cruel, como hacerles recordar cada día que todos los recuerdos de un hombre, toda su vida, puede ser olvidada y por lo tanto no-vivida. Que hasta el más alto de los amores, puede ser olvidado. Sin embargo el abuelo seguía con vida, o con algo que recordaba a la vida porque no era capaz de articular palabra ni valerse por sí mismo. Lo único que le hacia reaccionar, eran las fotografías que Pablo le enseñaba cada noche. Se podían intuir en él muecas que se acercaban a una sonrisa cuando veía aquellas pequeñas imágenes de la montaña, sonreía porque las fotografías recordaban por él. Le traían el viento, el frío, los sentimientos y los ruidos que a ciencia cierta no iba a sentir de nuevo. Pablo repetía el ritual cada noche, y a pesar de que la abuela lloraba al contemplar la escena, ya que siempre sostuvo que la sonrisa únicamente existía en la mente de su nieto, no podía evitar recordar ella también. Cada noche era una pequeña tragedia, que con ayuda del cariño y la ternura, y el convencimiento de que no iba a durar mucho, se repitió durante seis largos y agrietados años. No había renunciado a estudiar, simplemente lo estaba retrasando porque tenía cosas más importantes que hacer. El día que murió su abuelo, también lo hizo su abuela. Tardó dos días, cuarenta y ocho horas en fallecer científicamente, pero cuando la vio contemplar el cadáver del abuelo supo que acababa de morir. Así que pasadas cuatro lunas hizo su maleta y se fue a la ciudad, despidiéndose concienzudamente como sólo puede hacerse cuando se tiene el convencimiento de que no se va a volver. Se llevó casi todas sus fotos ya que algunas las enterró junto a sus abuelos y junto a su pasado.