Fragmento de viaje

Cuando llegamos a Hormigueros me maravilló el color de sus cerros, rojizos como sus ladrillos.

Caminamos para aprovechar la tarde, recorrimos el panteón del lugar que, por ser noviembre, estaba lleno de flores y velas. Incluso algunas criptas tenían ofrendas como botellas de tequila y tamales.

Decidimos ir a cenar, entramos a un lugar muy folklórico, lleno de adornos kitsches y manteles de colores, parecía un catering para boda.

Nos sentamos, el mariachi se arrancó con Mi gusto es, Alejandro y yo pedimos el primer tequila, por cortesía de la casa nos llevaron unas empanadas de papa con una salsa verde de los más espectacular. El ambiente era de lo más encantador y la atención de primera.

Los platos no eran lo más elaborados pero tenían un sabor que despertaba el recuerdo a infancia feliz. Un par de tequilas más y ya teníamos un mariachi abrazado cada uno pidiendo a gritos Ánimas que no amanezca.

Recorrimos los callejones, yo me compré un chal color morado bugambilia, reímos como locos, el aprovechaba cualquier momento para sacar su cámara y tomarme miles de fotos, y yo encantada.

Era tanto nuestro goce que no tuvimos ningún momento de calma.

Regresamos al hotel a darnos un baño para salir a bailar, nos dimos cuenta que en un lugar así sólo había cantinas y billares abiertos, apostamos puras cosas absurdas en la carambola y continuamos en el tequila.