Hogar dulce hogar

No te miento cuando te aseguro que he vivido en varios departamentos en múltiples ciudades, muchas las cuales ya ni me acuerdo. El de mi abuela en el complejo de departamentos en Las Condes es el que más recuerdo. No soy gitana, pese a que me interesaría, solamente un poco ambulante. Tengo gran pericia en enfrentar la circunstancia de hallarme en cada nuevo barrio con mis maletas en mis manos. Es de esa manera como he asistido a diversos colegios y universidades. He aprendido a adaptarme y vivir con la máxima de "a donde fueres haz lo que vieres".

En ocasiones me imagino con amigas de toda la vida, las cuales que conociste en el barrio, y saben cosas que hasta tú ignoras respecto a ti. En otras me agradaría tener a mi mamá al lado, almorzar comida que ella cocina y charlar largo y tendido. Mi mayor sueño es vivir un verano completo sin tener que encontrar un lugar donde vivir. Por otro lado, y en eso tengo pericia, la convivencia colectiva con desconocidos finaliza siempre en fracaso, como me sucedió cuando viví con colegas en un departamento en La Florida.

Parece fácil: mi mayor anhelo está en conseguir que todo lo que quiero se halle en el mismo lugar. Un espacio de amor, afecto, tolerancia y cordialidad. Sin embargo mi familia parece sacada de esas malas películas de los noventa, con padres disfuncionales y los hijos repartidos por doquier.

Me he visto forzada a construir un pequeño hogar en cualquier sitio, viviendo en espacios que se transforman en recintos multipropósito: allí se duerme, se llevan a cabo fiestas, se estudia y se conversa. Siempre he ensamblado mi pieza lo más diligente posible, para de ese modo aprovechar mejor el poco rato que me quedo en un mismo lugar. Es agobiante, está claro. Porque no te quedan ansias de seguir construyendo lazos de afecto que luego te ves forzado a romper. En esos momentos preferiría vivir en una cueva enorme, donde no me moviera ni siquiera para buscar comida.