Sebald, guerra aérea y literatura.

Chocó contra un camión, Sebald, en Norfolk, Inglaterra, y la literatura alemana de principios de este siglo perdió a su mejor exponente. Así pensaron muchos, en un hecho comparado con la muerte de Camus en la plenitud de su vida o la insuficiencia hepática que dos años después se llevó a Roberto Bolaño cuando parecía todo preparado para una carrera imparable.

En enero de 1943 los aliados decidieron minar, mediante bombardeos, la moral del pueblo alemán hasta que su capacidad de resistencia quedara totalmente debilitada. El país quedó en ruinas. Ciudades como Berlín, Dresde o Colonia se convirtieron en promontorios de escombros y moscas verdes.

Tal vez el vuelo más alto del ensayo lo alcance en el momento de describir las consecuencias del bombardeo de Hamburgo. Primero lanzaron bombas explosivas para romper puertas y ventanas y luego bombas incendiarias. Hamburgo, una ciudad de 2 millones de habitantes y uno de los puertos más importantes de Alemania se incendió y las lenguas de fuego se podían ver a cientos de kilómetros . Los cristales se fundieron, el aire se aceleró por el calor hasta alcanzar velocidades de huracán, hombres y árboles, convertidos en antorchas volaron por encima de los escombros, se dice que hasta el agua ardió. Al otro día la luz no pasó de un tenue color plomizo a causa de las cenizas que se habían elevado a más de ocho mil metros de altura.

Toda esta descripción del fenómeno, sin embargo, no se compara con los detalles individuales y humanos de las consecuencias de la catástrofe. Para comprender la respuesta del ser humano no sirven de mucho las estadísticas de la cantidad de muertos o los metros cúbicos de escombros que tocaban a cada uno de los sobrevivientes. El detalle de una maleta llena de juguetes y el cuerpo carbonizado de un niño que se le encontró a una mujer enloquecida o ese otro niño que espantaba las ratas de los escombros donde había quedado enterrado su hermano, hablan mucho más que los números, hay anécdotas como esta en la escasa literatura y Sebald no se queja del número, sino de la falta de un reflejo artístico de la conciencia colectiva de los alemanes que vivieron la debacle.

En uno de los barrios intactos por el bombardeo las familias se sentaban en el balcón a beber café y escuchar música como si nada hubiera ocurrido. Esta falta de sensibilidad hacia el mal de los vecinos se espera de una colonia de insectos, pero no del ser humano. Es absurdo y escandaloso, dice Sebald.

Su descripción anecdótica, como esperaba, se hace desde la mayor sobriedad. No pierde el tiempo en detalles de un sentimentalismo implícito ni pretende convertir el ensayo en un catálogo del desastre.

Responde al fenómeno con una experiencia narrativa de una ductilidad inesperada. Es perfecto el contrapunteo entre la experiencia y la explicación en apariencias científica pero plagada de su visión literaria. El juego que hace el escritor con la correspondencia recibida luego de publicadas las conferencias de Zúrich, génesis del libro, le dan un toque en dos tiempos a su reflexión, un carácter dinámico que traspasa al papel y embute en el mismo texto las opiniones de los demás. Sebald responde en los mismos términos a la polémica, donde se puede reconocer aun vivo en algunos el espíritu del rencor velado.

Por Alejandro Cernuda